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Gonzalo Prieto Cordero
LA PROGRESIÓN ARTÍSTICA DE GONZALO PRIETO
Conocí a Gonzalo Prieto Cordero cuando llegó, hace cuatro años, al Centro Leonés de Arte para seguir enseñanzas de pintura con László Bartha. Desde su humanidad sonriente y con su peculiar sentido del humor, le vi, en un principio, aplicar ingenio y esfuerzos para resolver unos primeros temas extraídos de la vida urbana, iconografías ahítas de una prosa seca y recia, que llevaba a sus lienzos. Luego, se adentró en espacios más expresionistas, hasta desembocar en la abstracción, donde parece encontrarse cómodo y haber hallado numerosas y convincentes respuestas a sus intereses plásticos.
En siete años de brega intensa con la pintura, Gonzalo ha sabido someterse a los ejercicios dibujísticos y de la perespectiva, alcanzando con ello cotas notables de conococimiento y dominio del oficio. Y desde esa seguridad quiso someter su andadura y sus frutos al dictamen del público en tres exposiciones individuales y otras tres colectivas, avales, todas ellas, del itinerario ascendente de su evolución artística.
Para Gonzalo, el hecho de situarse ante el tablero o el lienzo, vírgenes, es un ejercicio de libertad que asume sin agobios ni temores, seguro de que no hay servidumbre conceptual, ni norma ni canon que le obliguen. Y a partir de ahí se dedica, en un ritual festivo y regocijante, a crear espacios de texturas mixtas en los que luz, color y gesto surgen de su subconsciente en una suerte de automatismo apenas influenciado por la compositiva, que va entretejiendo de seguido en el fragor creativo.
Decidido, como está nuestro artista, a sacarle a su tiempo de actividad plástica el ciento por uno, mantiene un ritmo frenético, trepidante, guiado por una intuición que deviene en espuela de su espíritu investigador. De ahí que haya depurado sobremanera su modo de concentrar las concepciones y recursos precisos para fraguar las representaciones que definen cada una de sus series, sin necesidad de agotarlas.
Ante tales panorámica y situación, es fácil colegir que Gonzalo va articulando su propio y personal cuerpo pictórico a partir de un núcleo fundado en el dinamismo, como elemento constructor, y cuya concreción son esas apariencias vibrantes -unas veces tejidos urbanos, otras biológicos, otras celestes-, en las que desenvuelve el gesto, casi siempre centrífugo, con la resolución y medida que la concepción del relato le exigen. Aquí una de sus virtudes, sin duda. La de saber dosificar la sintáxis, expresiva y cromática, y dotarla de un minimalismo efectista y suficiente. El resultado es un entramado de tensiones que buscan y persiguen su definición, cristalizadas con las prescripciones y hallazgos de que el autor se sirve en la ejecución de sus propuestas.
La exposición que hoy nos ofrece Gonzalo es la demostración de que en estos años de aprendizaje ha sabido aprovechar cada minuto de escuela. Y ahí el interés y la bonanza de su innegable progresión artística. A la que sin duda ha contribuído, de manera importante, esa su versatilidad, su plasticidad, ideológica y práctica, que le permite abordar temáticas y estilos diferentes, obteniendo, en la mayoría de los casos, obras impactantes, imbuídas de un sustrato mecanicista y magmático que las dota de vida propia y de un atractivo poderoso y cierto.
Veo a Gonzalo pletórico en su transformación. Sin duda está dando con lo que buscaba. Su intuición no le ha fallado. Conoce, también, sus posibilidades. Y que tiene un amplio horizonte por delante. El resto es cosa de él. Y él sabe cómo hacerlo. Porque lo hará. Ustedes y yo lo veremos.
MANUEL LINARES-RIVAS (Junio, 2008)
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